2012-05-04.Se ha convertido en una tragedia educar a nuestros hijos, enseñarlos a comportarse, y a disciplinarlos.
Anteriormente, es decir cuando nosotros estábamos empezando el camino de la vida, desde muy pequeños, nuestros padres, o en su defecto, la abuelita, los tíos, hermanas u otros familiares, que por diversas circunstancias debían encargarse de nosotros, se los ilustraba acerca de la conducta que debíamos asumir.
Un sano comportamiento y los deberes para con nuestros padres, con la patria, con los maestros, con nuestros semejantes. La actitud, con nosotros mismo, es decir, seguir la huella de la escuela de Carreño, ahora fuera de “lógica”.
La manera como debíamos conducirnos en el hogar, en la escuela, en la universidad,; el proceder en los actos sociales, la manera de vestir, etc.
La conversación, el diálogo casi siempre abierto con los padres en la mesa y hasta la manera de dirigir la mirada, de redactar una carta, de enamorar a la vecina.
Pero ahora eso, está pasado de moda. Somos unos caducos, desactualizados.
La música que se escucha tienen eco marihuanero, con licor y sexo. Quien estudia juiciosamente está “fuera de la onda”. Ahora prima la vulgaridad.
Algunos jóvenes de este siglo XXI viven atormentados por el Black Berry. Parecen celadores, no duermen. Llegan cuando les da la gana a la casa y si son reprendidos la emprenden contra quien se atreve a imponer normas disciplinarias.
La internet los asfixia, las redes sociales los acosan. Ellos son esclavos de la tecnología.
Comer a tiempo, portarse bien, dialogar con los padres, estudiar juiciosamente, tender la cama, no trasnochar, dejar de ingerir licor. Todo eso traumatiza a los jóvenes. Por eso algunos, niños que no llegan a los 10 años, ya planean envenenar a sus maestros, como ocurrió en Facatativá. Eso si, todo para mal.